Pasta con marisco.

Como este verano he estado de viaje por Italia, he pensado que estaría bien postear una receta de pasta. De hecho, he comido tanto en Italia que es posible que me haya traído algunos kilos de más. Desgraciadamente, no son kilos de esos de los que Ryanair te obliga a dejar o pagar. No, son de los otros. Pero da igual. La comida italiana es maravillosa y merece la pena.

Cuando me mudé a Huelva, hace siete años, me encontré con que cerca de mi casa había un mercado de pescado estupendo. Era de esos antiguos, como los que hay en Portugal, de esos en los que no hay separación entre los puestos. 

Justo al llegar, en la primera semana de clases de nuestro primerísimo año como profesores, vino a visitarnos un amigo de Colorado que se quedó totalmente alucinado con el mercado. Recuerdo que fuimos a ver los puestos una mañana que yo salía temprano y tomó montones de fotos.

Lo cierto es que era digno de verse y, sobre todo, diferente al resto de de los que yo había visto en España. He pasado muchas mañanas de sábado en ese mercado, comprando mariscos, filetes de atún, fruta… me encantaba su ambiente, el bullicio, el mármol de los puestos, los calendarios del Recreativo, y los propios jugadores comprando fruta. Era un lugar entrañable, que guardo entre mis mejores recuerdos de Huelva.

Desgraciadamente, la fotos que estáis viendo las tomamos  el último día que abrió. Ahora en el solar que quedó después de derrumbarlo han hecho un aparcamiento, creo, y en el nuevo mercado los puestos están separados, como en todos los mercados modernos. No hay cosa que fomente más la melancolía que recordar lugares que significaron mucho en su día y que hoy ya no existen.

La cuestión es que, cuando descubrí lo fácil que era conseguir marisco fresco y a buen precio, empecé a pensar enseguida en recetas de pescado, y esta fue una de ellas.

PASTA CON MARISCO.

Ingredientes (para 4 personas)

– 350g de espaguetis negros

– 1 cebolla, mejor si es de esas moraditas.

– Un chorreón de zumo de limón.

– 1 diente de ajo.

– 150ml de vino blanco.

– 150ml de caldo de pescado.

– 400g de mejillones

– 250g de gambas crudas.

– 25og de anillas de calamar.

– Cilantro.

Elaboración

No soy lectora de Mary Higgins Clark pero, una amiga de confianza, que sí lo es, me ha explicado que para hacer pasta con marisco todas las glamourosas protagonistas de esta autora se sirven una copa de vino blanco que van tomando a sorbitos mientras preparan el plato. Desde aquí recomendamos que no sean menos y se sirvan su copa.

Una vez cumplido este paso fundamental, se pone agua a hervir para cocer la pasta, con algo de aceite y sal. Si echan también en la olla, con el agua, las cabezas de las gambas y las repescan con un colador cuando el agua hierva, eso les dará aún más sabor a pescado.

Para la elaboración de la salsa, se limpian los mejillones, se pelan las gambas, se pica la cebolla finita y se aplasta el diente de ajo. En una sartén grande, se sofríen el ajo y la cebolla y, cuando ésta tenga un color translúcido, se añade el vino y el caldo. En cuanto empiece la ebullición, se echan los mejillones. Se revuelve durante unos dos o tres minutos, se baja el fuego y se añaden los calamares y las gambas. Se echa un chorreón de limón sobre el pescado y luego se deja cocer hasta que los mejillones estén abiertos y las gambas se vean rositas. Esto suele tardar unos seis o siete minutos, dependiendo de la potencia del fuego o de la cantidad. Por eso, no conviene empezar a hacer la salsa demasiado pronto.

Finalmente, cuando ya esté casi lista, se pica un poco de cilantro y se espolvorea al gusto sobre el marisco, junto con un poquito de sal.

Una vez escurrida la pasta, se incorporan todos los ingredientes, junto a los espaguetis, en la olla que hemos usado para cocerlos y se remueven para mezclar bien. Después, pueden servirlos. Ni que decir tiene que lo mejor es acompañar el plato de un buen vino blanco. Seco, a  ser posible.

Crema fría de remolacha.

Como el gazpacho está muy visto, y todo el mundo sabe que no hay gazpacho mejor que el de la madre de una, he pensado que estaría bien proponer una crema fresquita para estos días de calor.

En junio, antes del fin de curso, salí a cenar con mi señor pinche de cocina y la probé en un restaurante de Sevilla, donde me la pusieron como aperitivo. Así que, encantada con la crema en cuestión, llegué a casa, cogí mi batidora como Escarlata O´Hara la raíz cubierta de tierra y me dije a mí misma: “A Dios pongo por testigo, de que tendré mi propia crema de remolacha”. Y así se hizo. Aprovechando una cena que había programado con unos amigos para despedir el curso y dar la bienvenida a las vacaciones, la reproduje, basándome en una receta (que me temo que he modificado muy libremente) de Sophie Dahl. Sí, la nieta del gran Roahl Dahl.

Y he de decir, orgullosamente, que esta receta ha pasado por el filtro materno/paterno, porque se la serví de cena la última vez que vinieron a Sevilla y les gustó un montón. Eso es como un sello de calidad, que lo sepáis.

CREMA FRÍA DE REMOLACHA.

Ingredientes para 4 personas (Un litro)

– Un paquete de remolacha cocida, de 450g

– Una cebolla pequeña o media grande.

– 1/2 litro de caldo de pollo.

– Dos o tres cucharadas de nata para cocinar, según sea de sana la vida de los comensales.

– Zumo de medio limón o media lima.

– Un chorreón de martini o de vodka.

– Eneldo para espolvorear al final por encima.

Elaboración

Se trocea la cebolla sin poner mucho empeño en picarla, eso ya lo hará la batidora( amigos, el trabajo en vano es deprimente). Mientras, se ponen dos o tres cucharadas de aceite a calentar para freír la cebolla. No dejéis que se caliente demasiado o se quemará la cebolla. Se trata de que se reblandezca poco a poco y adquiera un agradable tono marrón traslúcido.

Lo mejor es ir vigilando la cebolla mientras se prepara la remolacha. No van a creerlo, pero existe la leyenda de una persona que cocía sus propias remolachas. Seguro que era una señora inglesa, como Miss Marple o algo así. Nosotros no somos tan legendarios como Miss Marple, así que por eso las compramos ya cocidas y lo único que haremos será trocearlas para poder picarlas.

Una vez troceada la remolacha, se pone en el vaso de la batidora y se pica. Mi batidora es una batidora normal, sin picadora ni nada, y lo hace, así que las vuestras también podrán. Quedará una crema muy espesa y grumosa.

Para ese entonces, la cebolla ya estará lista, así que la sacamos de la sartén y la incorporamos al vaso. Batimos de nuevo hasta que todo esté más o menos homogéneo. En ese momento incorporamos el caldo en tres tandas, esto es, incorporamos un tercio y batimos hasta homogeneizar y lo mismo con los otros dos tercios. A estas alturas ya tiene que tener una textura agradable. Cuando ya está el caldo mezclado, añadimos las cucharadas de nata y damos un último batido a toda la mezcla.

Hay algo que no he comentado, y es lo mucho que mancha la remolacha. Aquí hay dos opciones. Una es tener muchísimo cuidado con todo y otra es la de adoptar la estrategia “de perdidos al río”. Esa fue la que adopté yo, por supuesto. Y ahora me diréis que para mí es fácil porque tengo a mi señor pinche de cocina que luego lo limpia todo, ¿no?. Bueno, pues no exactamente. Cierto es que la primera vez que hice la crema se encargó él de la limpieza pero, la segunda, como no estaba, limpié yo. Esta estrategia es mucho más divertida que la otra y te permite recitar partes de Macbeth con las manos llenas de zumo de remolacha, que seguro que es el sueño dorado de muchos de vosotros.

Después de la disgresión, volvamos a nuestra tarea, que ya sólo nos faltan unos detallitos.

Una vez que ya está todo bien mezclado se pone en un bol o una sopera y, una vez ahí, se añaden el zumo de limón y el vodka. Luego se echa sal la y se remueve bien con un cucharón. Después, se prueba y se rectifica si necesita más sal. Ya debería haber en la sopera una crema maravillosa de color morado fuerte, precioso.

Es mejor hacerla con tiempo y dejar que se enfríe bien en la nevera. Incluso, si hace mucho calor, yo recomendaría meterla en el congelador unos diez minutos antes de servirla. Para servirla, se pone en cuencos o platos hondos y se espolvorea un poco de eneldo por encima. El que véis en la foto es fresco, pero el seco que venden en la sección de especias de cualquier supermercado también es estupendo.

Tarta sueca de bayas con ejemplo de sevillanía.

Lo del ejemplo de sevillanía se entiende mucho mejor si han escuchado el himno del Sevilla, el que canta El Arrebato. Los himnos de los clubes de fútbol se parecen un poco a los de los países en eso de que no tienen más remedio que ser un tanto ridículos. ¿Recordáis cuando estuvimos buscando letra para el himno de España? Un absurdo. No se puede hacer un himno en el siglo XXI. Los buenos son del XIX, todo el mundo lo sabe, con aquello de “y que la sangre de nuestros enemigos riegue nuestros campos”. Hoy día los himnos estarían obligados a tener letras del tipo “que las familias estén en armonía y no hagamos nunca nada feíto”, por lo que es mejor quedarse con el himno sin letra y cantar “lo lo lo” cuando haga falta.

El caso es que, aunque no seas del Sevilla (yo no lo soy), si vives aquí, acabas escuchando el himno tarde o temprano, incluso acabas por aprenderte trozos. ¿Y a qué viene esto? Bueno, ahora lo verán.

TARTA SUECA DE BAYAS CON EJEMPLO DE SEVILLANÍA.

Ingredientes

– Son para un molde desmontable de 25cm de diámetro (vamos el que tienen las madres en casa de toda la vida)

– Masa brisa o quebrada. Yo la compré en la sección de refrigerados.

– 400ml de nata para montar.

– 600 g de bayas diversas (moras, arándanos, frambuesas… lo que pillen). Yo usé menos cantidad y no pasó nada, por cierto.

– Ralladura de media naranja grande o de una pequeña.

– Dos tortas de Inés Rosales.

– 3 cucharadas de azúcar avainillado.

– Azúcar glas para espolvorear.

Elaboración

¿Os estáis preguntando qué son las tortas de Inés Rosales? No hay que apurarse, más adelante hablaré profusamente de ellas.

Lo primero que hay que hacer es engrasar el molde. Yo nunca pongo masa directamente en los moldes de ese tipo, sino que lo forro primero con papel albal. A lo mejor es una manía, pero a mí me va bien. Una vez forrado (o no) el molde, se engrasa con mantequilla o con aceite. Lo del aceite, tonta de mí, lo descubrí hace poco y es mucho más cómodo que la mantequilla, porque con un trocito de papel de cocina lo extiendes y no te manchas nada.

Una vez engrasado el molde se coloca en él la masa brisa (que viene ya lista para usar) de forma que quede bien puestecita, sin huecos y lo más regular posible. Luego, se mete en el congelador, molde y todo, durante una media hora.

Después, hay que cocerla, pero hay que impedir que suba, porque queremos ponerle el relleno sobre la masa ya cocida.¿Cómo hacemos eso? Precalentamos el horno a 180º. Ponemos un papel vegetal de ese para el horno sobre la masa y colocamos peso encima. Para cocer masas sin que suban venden unos juegos de pequeñas bolitas de cerámica muy monos y muy chic. Yo, que soy práctica y sencilla, compré un paquete de alubias blancas que me costaron menos de dos euros y las eché todas sobre el papel de horno, rellenando todo el molde. Como no me gusta tirar cosas, luego guardé las alubias en un bote, para usarlas en futuras masas.

Cuando ya tenemos la masa llena de alubias, la horneamos durante 10 minutos, la sacamos y quitamos las alubias y volvemos a hornearla otros 10 minutos, hasta que tenga la consistencia de una pasta de té. En cuanto esté lista, sacamos el molde y lo dejamos enfriar. No desmoldaremos hasta que la tarta entera esté hecha.

Ahora llega el momento de hacer el relleno. Se cogen la mitad de las bayas, se espachurran con un tenedor y se mezclan con una cucharada de azúcar avainillado. Se reservan. En otro cuenco, batimos la nata junto con las otras dos cucharadas de azúcar avainillado y la ralladura de naranja. No hay que montarla para que se quede como la que sale de los spray, sino sólo darle la suficiente consistencia como para que salgan unos pequeños picos cuando se levanta el batidor. Después, se añaden a esa mezcla las bayas del otro cuenco y se remueve suavemente con una espátula.

Y ahora llega el momento de introducir en la tarta el ejemplo de sevillanía, es decir, las tortas de Inés Rosales. Imagino que habrá gente en el norte, o en el extranjero, que no sepan lo que son. Es una pena, pero la vida es así de triste para algunos.

Las tortas de Inés Rosales son unas tortas de aceite y anís, muy crujientes, que vienen envueltas en una especie de papel vegetal. Están buenísimas, por cierto, y se hacen en Sevilla. En general son famosas en toda Andalucía. En realidad, en la receta original la idea era usar trozos de merengues secos para darle un toque crujiente a la tarta, y a mí se me ocurrió poner en su lugar las tortas. Lo cierto es que, finalmente, las tortas se reblandecen, pero dan un toque muy bueno a la tarta. Yo puse sólo una en el primer intento, pero no era tan fácil encontrártelas, así que es mejor doblar la cantidad.

Bueno, después de la disgresión, vayamos al lío. Se cogen las tortas y se parten en trozos no muy grandes ni muy pequeños y se añaden a la mezcla, volviéndo a remover con la espátula.. Mientras tanto, si queréis reíros, podéis ir canturreando: “ejemplo de sevillaníaaaaa, familia rojiblanca del Sánchez Pijuáaaaaan” aunque  no seáis del Sevilla.

Y ya está hecho el relleno. Ahora, sólo hay que verterlo sobre el molde, alisarlo con una espátula y colocar encima, para decorar, el resto de las bayas. Yo recomiendo que, antes de desmoldarla, la metáis en el frigorífico como mínimo tres cuartos de hora, para que gane consistencia. Justo antes de servirla, se le espolvorea por encima un poco de azúcar glas.

Esta ha sido mi receta de hoy, con absurdos mentales incluidos, para que no os quejéis.

Vieiras a la plancha sobre puré de guisantes.

¿No les encanta cuando los cocineros de los programas de cocina aparecen a primera hora de la mañana en un mercado fantástico de una ciudad enorme? Siempre hay una variedad impresionante y todo fresquísimo. Normalmente, el cocinero se pasa después un cuarto de hora como mínimo hablando de lo terrible que es todo lo que compras en el supermercado y aconsejándo comprar sólo productos frescos de primerísima calidad. Pero señor cocinero, es que vivo en Huelva, le decía yo a la televisión con tristeza e impotencia. ¿Dónde voy yo por vieiras frescas?

Es posible que el señor cocinero tuviera razón en todo, no lo niego. Las ocasiones en las que he utilizado materiales cultivados de forma orgánica o pescado fresco del mercado me han salido recetas buenísimas. Pero neso no siempre es posible. Y al menos en Huelva hay una lonja de pescado magnífica. Tengo dos amigas que viven en Puertollano que creo que podrán entender muy bien a lo que me refiero.

De modo que, a veces, una tiene que optar por ingredientes congelados, qué le vamos a hacer, y buscarse la vida en el Carrefour o Mercadona correspondiente, porque ni hay un Mercado de la Boquería en cada esquina ni puede una faltar al trabajo para irse temprano a “buscar material de primerísima calidad” (cualquiera diría que hablamos de drogas). Todos los ingredientes que usé en esta receta los compré en el Carrefour.

Esta receta la preparé para una cena romántica para celebrar que comenzaba el mes de junio, el último del curso, así que le he cogido cariño. Por eso los ingredientes son para dos personas.

VIEIRAS A LA PLANCHA SOBRE PURÉ DE GUISANTES.

Ingredientes (para 2 personas).

– 8 vieiras grandes (las mías eran congeladas)

– 300g de guisantes congelados

– 1 cucharada de mantequilla (si se quiere se puede sustituir por aceite de oliva)

– 1 cucharada de nata espesa.

– 2 cucharaditas de zumo de limón

– 1 cucharada de aceite de oliva.

Elaboración.

Dejen que las vieiras se desconjelen antes. Si es verano, estarán en una hora o dos como mucho y si es invierno, sáquenlas del congelador el día de antes.

Los guisantes son maravillosos. Lo sé, hay gente que los odia, lo que prueba aún más que son maravillosos, porque las cosas banales y estúpidas son las que dejan a la gente indiferente. Si están bien cocinados, están deliciosos. Aunque no hay nada como el puré. Tiene un color verde brillante casi espacial, como de ciencia ficción, y la nata le da un sabor espectacular. Pruébenlo, quedarán seducidos por el puré aunque no sean fans de los guisantes. Háganme caso.

Para hacer el puré hay que hervir durante 5 minutos los guisantes congelados (no hay que echar sal al agua). Después, se escurren y se echan en el vaso de la batidora junto con la nata, la mantequilla (o aceite) y se bate todo junto. Cuando esté batido, observen la consistencia del puré. Si lo quieren más clarito, añadan una pizca de leche. Vayan añadiendo hasta que den con su textura ideal y ya tendrán listo el puré. Pónganle sal justo al final.

A continuación, coloquen el puré en el centro de los platos, un poco extendido como una alfombra circular. Calienten la cucharada de aceite en una sartén (que esté bastante caliente) y pongan las vieiras para que se hagan a la plancha hasta que estén ligeramente marroncillas. Mientras están en la sartén se les echa sal y el zumo de limón por encima.

Cuando estén listas, se colocan cuatro en cada plato, encima del puré de guisantes, de la forma más mona y artísitica que se les ocurra. Con eso ya tienen un plato de cena romántica. Sírvanlo, si es posible, con vino blanco tipo Rueda o Chardonnay.

Tarta de cebolla.

Tengo un cariño especial por esta receta. Esa foto que ven, que no es de muy buena calidad, la tomé con el móvil en mi casa de Granada, sobre el mantel que llevo viendo desde mi adolescencia. Ya estaba madurando la idea de hacer el blog de cocina y fotografié la tarta con la intención de escribir un post en el futuro.

Las circunstancias en las que se hizo esta tarta son similares a las de las novelas de realismo mágico. Yo estaba en casa, estábamos pasando un momento triste en la familia y mi madre y yo nos pusimos a cocinar mano a mano mientras ella me enseñaba la receta. Hablamos de lo divino y lo humano, cocinando y apartando nuestra tristeza. Fue algo precioso, que atesoraré en mis recuerdos. Es posible que eso de la madre y la hija juntas en una cocina no sea apto para el horario infantil, por aquello de la coeducación, pero no siempre se puede poner un post que cumpla todas las exigencias de la Junta de Andalucía.

El caso es que volví a hacer la tarta, ya aquí en Sevilla, a raíz de una visita a Huelva en la que un amigo, Carlos,  nos dio a Fran y a mí cebolletas de huerto, cultivadas por él mismo.

Si alguna vez tienen la oportunidad de conseguir cualquier hortaliza de mano del dueño de un huerto, aprovéchenla. Las cebolletas tenían un aroma increíble y sabían aún mejor.

Por cierto, es un plato salado aunque se llame tarta. Es parecido a una quiche, pero sin huevo.

TARTA DE CEBOLLA.

Ingredientes (para una tarta de unos 22cm de diámetro)

– Masa de hojaldre. Esto que les voy a decir es terrible, pero yo la compré congelada. Tengo por ahí una receta de masa de hojaldre, si les interesa puedo ponerla, pero sólo si se sienten muy en plan dioses del hogar.

– 3 cebollas grandes (o su equivalente en cebolletas pequeñitas y maravillosas).

– 6 cucharadas de aceite.

– 1 cucharada de harina colmada.

– 30g de mantequilla

– 50g de queso emmental rallado (creo que yo siempre acabo poniendo más, pero 50g es lo ortodoxo)

– 200ml de nata para cocinar

– Sal.

Elaboración.

Se cortan las cebollas en tiras finas y se sofríen a fuego lento, con el aceite y la mantequilla, hasta que estén muy blanditas y de un tono marrón claro. Eso tarda entre una hora y 45 minutos. Mientras, pueden ocuparse de forrar el molde y preparar la masa.

Vamos a utilizar un molde desmoldable de alumnio, de esos de toda la vida. Cogemos papel albal y forramos el molde y después engrasamos ese papel albal con mantequilla. Si tienen pinche, pónganlo a hacer esta tarea. Mi pinche la hace siempre. Luego, cuando ya esté engrasado, extiendan por encima la masa de hojaldre, de forma que cubra bien el papel en el fondo y suba por las paredes hasta lo más alto del molde. Cuando la horneen, verán que tarta no sube mucho y que sobrará buena parte del hojaldre. ¿Por qué entonces poner tanto? Es para que se sostenga, porque si no, se chuchurre y se arruga sobre la tarta.

En este punto vayan precalentando el horno a 200ºC para que esté listo mientras se terminan de hacer las cebollas

Cuando las cebollas estén listas, se quita el aceite y se añade la harina, removiendo para que se mezcle bien. En este momento es cuando hay que agregar la sal. Luego, añadimos la nata líquida y el queso rallado, de forma que todo forme una crema homogénea. Cuando ya lo tengamos, lo vertemos sobre la masa que está colocada en el molde y horneamos la tarta en la parte media del horno a 200ºC durante aproximadamente 30 minutos.

Al sacarla, es mejor esperar un rato antes de desmoldarla, más que nada para no quemarse. Una vez desmoldada, hay que recortar el hojaldre que sobra para que tenga buen aspecto, pero no se les ocurra tirarlo, que sirve para untar queso o mojarlo en guacamole, por ejemplo.

Una vez desmoldada y desprovista del hojaldre sobrante, pueden esperar a que se enfríe un poco o comerlo caliente, como prefieran.

Gracias a mi madre por la receta y a Carlos por las cebolletas.

Crumble de frutas.

Mi padre podría decir, al respecto de este post, que cuando un tonto se pone en una linde, hasta que no la siembre de ruibarbo, no se rinde. ¿De dónde viene lo mío con el ruibarbo? Pues de la anglofilia, dirán ustedes… y en parte tendrán razón. Aunque ya empecé yo a darle vueltas al ruibarbo cuando era pequeñita, gracias a mis lecturas. Cualquiera que haya leído algún libro de Los Cinco, de Enyd Blyton, aparte de comerse las uñas hasta los codos mientras resolvían el misterio y de recibir mensajes poco recomendables acerca de los roles chico – chica, también ha sentido una envidia terrible de todo lo que comían. Esos desayunos con bacon crujiente y huevos revueltos, esos pasteles, las tortitas… y las tartas de ruibarbo. ¿Qué diablos era una tarta de ruibarbo? En unos tiempos sin internet, acudir a una enciclopedia sin imágenes que te indicaba que el ruibarbo era algo así como una acelga, no te aclaraba nada.

Esa idea se quedó en mi mente, supongo, y años después empecé a encontrar ruibarbo en muchos otros libros, todos anglosajones. Finalmente, empecé a ver recetas con la plantita dichosa, y me piqué. Me piqué tanto que planté ruibarbo en casa, con unas semillas, ya que no había manera de comprarlo aquí en Sevilla (dicen que en Madrid y Barcelona sí es posible). Desgraciadamente, un vegetal acostumbrado al clima británico, no prosperó en Andalucía. Normal, si es que a quién se le ocurre…

Les alegrará saber que esta historia tiene un final feliz, porque al final conseguí dos cosas muy interesantes esta Semana Santa en Dublín. Una de ellas fue probar el crumble de ruibarbo en una deliciosa pastelería. La otra fue un manojo de ruibarbo para poder hacer la receta en casa. No se asusten. Es un crumble que se puede hacer con muchas frutas, por lo que les valdrá también para manzanas (delicioso) y para fresas o moras, por ejemplo.

CRUMBLE DE FRUTAS.

Ingredientes (para 4 personas)

Para la masa del crumble.

– 120g de mantequilla sin sal y un poco más para engrasar la fuente de horno.

– 80g de azúcar moreno

– 160g de harina.

Para la fruta.

– 300g de fruta o de ruibarbo.

– Zumo de limón.

– 3 cucharadas de azúcar para espolvorear (moreno si han elegido manzanas, 4 cucharadas si han elegido ruibarbo).

– Canela en polvo si han elegido manzanas (esto me recuerda a los libros de “Elige tu propia aventura”).

Elaboración.

Si van a comer el crumble inmediatamente, vayan precalentando el horno a 180ºC desde el principio, para evitarse esperas.

Si han tenido la suerte de encontrar ruibarbo, córtenle el tallo en trocitos pequeños (cuidado con las hojas, son venenosas) y colóquenlo en un cazo. Después, espolvoreen las tres cucharadas de azúcar por encima y cúbranlo (sólo hasta cubrirlo, no vayan a echar más) con agua. Cuando hierva lo dejan cocer cuatro minutos. Luego, bajen el fuego y déjenlo 5 minutos más, para que el ruibarbo se ablande. El azúcar hace falta porque el ruibarbo es más bien ácido.Una vez ablandado, lo colocan sobre una fuente para horno de tamaño mediano que hayan engrasado con mantequilla. Una vez ahí, rocían un poco con zumo de limón, pero no demasiado, y le echan por encima una cucharada más de azúcar.

Si se han decidido por manzanas, córtenlas en trozos y colóquenlas sobre la fuente de horno engrasada. Después, rocían con zumo de limón y espolvorean el azúcar moreno y la canela, esta última al gusto de cada cual.

Si han elegido fresas o moras, corten las fresas (no hace falta cortar las moras) y pónganlas sobre la fuente engrasada. Rocíen con el zumo y espolvoreen el azúcar.

Una vez hecho esto, vamos a preparar la masa de crumble.

Corten la mantequilla en trocitos y, en un bol, mézclenla con el azúcar y la harina, todo junto. Otra vez hay que ensuciarse la manos, me temo. Lo que queda es una masa más o menos suelta con aspecto de migas de pan (de ahí el nombre de crumble, que significa miga en inglés).

Ahora, coloquen la masa encima de la fruta y horneen a 180ºC durante unos 35 o 40 minutos, según vayan viendo que la masa adquiere color de galleta.

Y eso es el crumble. Se puede comer solo, pero yo les recomiendo que le añadan algo para acompañar como natillas (si hace frío y quieren añadir algo caliente a lo que ya está caliente) o helado. En invierno yo suelo ponerle natillas, pero como ahora ya hace calorcito, les voy a dejar aquí un bonus track, la receta para la crema de mascarpone. Esa crema es deliciosa y, además de para acompañar el crumble, se puede tomar con cualquier fruta a secas.

Crema de mascarpone.

En el vaso de la batidora, pongan una tarrina de mascarpone (250g), 75 ml de nata líquida y tres cucharadas de azúcar. Al batir saldrá una crema muy muy densa. Añadan un poquito (un mínimo) de leche y vuelvan a batir. Si ya están contentos con la textura, sírvanla. Si no, vuelvan a echar un mínimo de leche, repitiendo el proceso hasta que les guste la textura de la crema. ¿Por qué esto de ir echando leche poco a poco? Porque para el crumble, o para un crêpe, por ejemplo, la querrán más líquida, pero si van a usarla para tomarla con fruta por encima, estará mejor si está espesa. Y además, cada uno tiene sus gustos.

Espero que disfruten de la receta y que la prueben con alguna fruta que tengan a mano. Devolvemos la conexión a nuestros estudios.

Salsa al pesto con extra de queso.

La mayoría de los que me leen, conocen mi desmedida afición al queso. Cuando estuve de viaje en Japón, donde apenas tienen lácteos, perdí más de dos kilos y las piernas se me quedaron lisitas, sin celulitis. Y sólo porque no había queso. Por supuesto, en cuanto volví a España recaí en mi vicio… y en mi peso. Sin embargo, curiosamente, no siempre me han gustado todos los tipos de queso.

El protagonista de hoy, el parmesano, no tuvo un buen comienzo conmigo. Lo probé por primera vez en un restaurante de Valladolid, estando de camping con mis padres. Era un restaurante muy bueno, posiblemente uno de los mejores de la ciudad – mis padres y yo éramos muy bohemios, dormíamos en el camping y comíamos en los sitios más punteros – y yo pedí, en honor a mis ocho o nueve años, espaguetis con queso. Cuando los tuve delante y empecé a comerlos, mi primera impresión fue un sabor a jabón muy fuerte.

Era el parmesano, y no me gustó nada, así que me dejé la mitad de los espaguetis. Como el restaurante era de categoría, acabó por salir el dueño, que era un hombre bastante grande, para preguntar cómo estaba la comida y, al ver mi plato medio lleno me preguntó: “¿no le gustan los espaguetis?”, con una voz tan grave como la de Leonard Cohen, lo que hizo que me asustara muchísimo. De hecho, en mi memoria, cada vez que recuerdo este hecho, no veo a  Terenciano Panero, que era como se llamaba el caballero, sino a Leonard Cohen. Como resultado, le cogí manía al restaurante y ya no volvimos a él en las siguientes visitas a la ciudad.

De eso ha pasado muchísimo tiempo. Tanto, que el restaurante, que se llamaba Mesón Panero, ha cambiado de nombre y ese señor que tanto miedo me daba murió hace años. Sin embargo, pasé años odiando el parmesano hasta que, un día, que ni siquiera recuerdo, se hizo la luz.

Sin más  preámbulos (que ya ha habido bastantes) comenzamos con la receta.

SALSA AL PESTO

Ingredientes (para 4 personas)

– 70 g de queso parmesano.

– 40 g de piñones

– Un buen puñado de albahaca natural.

– Un diente de ajo pequeño (o medio, si lo prefieren muy suave)

– Aceite de oliva.

Preparación.

Antes de nada, aclarar que la salsa al pesto que vamos a preparar tiene cierto exceso de parmesano, de forma que es más espesa que la tradicional. Basta con reducir el parmesano para que se asemeje más a la salsa a la que están acostumbrados. Por cierto, el parmesano recién rallado está muchísimo más bueno que el que viene ya rallado en paquetes. No tiene ni punto de comparación, así que les recomiendo encarecidamente que compren un trozo de parmesano en lugar de un paquete. Ya verán, notarán la diferencia.

Lo primero que se hace es machacar un poquito los piñones en un mortero, para que luego sea fácil pasarlos por la batidora. Después se ponen en el recipiente de la batidora con el parmesano, el ajo cortado en unos cuantos trozos y la albahaca picada. Entonces se le echa un chorreón de aceite. Más vale quedarse cortos con el aceite que pasarse, porque si ven que ha salido demasiado espesa, pueden echar un poquito más, pero no podrán quitarle el aceite si se han pasado. Y pasarse con el aceite hace que la salsa se estropee.

Una vez juntos todos los ingredientes, no resta sino batirlos, que diría el capitán Alatriste. Cuando obtengan una pasta uniforme, ahí tienen su salsa al pesto.

¿Y qué hago con ella?, se estarán preguntando. Montones de cosas, en realidad. Lo más simple, pasta al pesto. Si le añaden además unos berberechos saldrá buenísima. El pesto, si se calienta o se hornea, forma una costra deliciosa, por lo que se puede servir con pescado al horno extendiendo una buena capa de pesto sobre el pescado y horneando. Quedará una costra muy resultona. También pueden hacer crostinis, que básicamente son tostadas con pan rústico muy italianas con la salsa por encima. Y si se sienten con ganas de hacer una cena informal con amigos y quedar de super cocineros de fusión, hagan tempura de verduras con salsa al pesto, no quedarán defraudados. Experimenten, esta salsa tiene un sinfín de posibilidades.