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Pollo Kung Pao

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Aunque os parezca increíble, el motivo principal del abandono de este blog durante todo este tiempo no ha sido la vagancia. Ahí está la vagancia, claro, eso es impepinable, para esto y para cualquier otra cosa que tenga que ver conmigo, pero no ha sido la reina del cotarro como podríais haber esperado. La cuestión es que no tengo un repertorio de recetas que merezca la pena compartir tan amplio como para estar actualizando esto y, durante mucho tiempo, me he dedicado a repetir los platos que ya sabía, a comer tuppers de mi madre (gracias, mamá, eres la mejor) y a vivir de la comodidad de coger recetas de blogs ajenos.

Últimamente, sin embargo, he añadido nuevos platos a mi menú y, como ya hay por ahí gente que me está pidiendo las recetas, he pensado que puedo actualizar esto con unas cuantas más. Luego el blog volverá a dormir cual oso hibernando hasta que el repertorio se amplíe de nuevo.

El pollo Kung Pao lo descubrí en junio y, desde entonces, lo hemos hecho en casa ya unas cuantas veces. A mí el pollo me cansa enseguida, no lo aguanto a la plancha y tengo que comerlo de formas diferentes. En concreto, esta receta es de Jamie Oliver y he de decir que la hago al pie de la letra.

¿Alguna vez os habéis parado a pensar en el asunto de las recetas al pie de la letra? ¿No? Ya era hora de que algún valiente denunciara esta situación: hay personas que ven una connotación moral en seguir una receta al pie de la letra. Todos tenemos ese amigo que dice siempre: “Yo nunca sigo la receta”. No nos molesta que no siga la receta, muchas veces nosotros tampoco lo hacemos. ¿Qué nos molesta? El tonito con el que lo dice. Ese tono que algunos emplean para decir: “No sé nada de matemáticas”.Ese tono está diciendo algo muy claro y es que los que no siguen las recetas son mejores, más creativos y su espíritu es más libre. Y que los que no saben matemáticas son más sensibles y humanos que los que sí las saben.

Bueno, como ya sabéis, yo domino bastante las matemáticas. Además, a veces sigo las recetas al pie de la letra. Y hasta aquí mi alegato.

Ingredientes

Para 4 personas.

700g de contramuslos de pollo deshuesados

4 dientes de ajo

2 cebolletas

Un trozo de jengibre del tamaño de un pulgar o más, si te gusta mucho. 

4 guindillas (o más si te gusta lo picante, o menos si no te gusta)

2 cucharadas de salsa de soja

1/2 de cucharada de vingre de arroz

1 cucharada de miel

2 cucharadas de maizena.

Para la ensalada de acompañamiento

2 pepinos

2 zanahorias

2 cucharada de salsa de soja

1 cucharada de vinagre de arroz

Proceso

Y si el pollo se acompaña con una ensalada de pepino y zanahoria, ¿por qué en la foto hay un cuenco de gazpacho? Vale, vale, me habéis pillado. Justo hoy, el día elegido para hacer la foto, había hecho gazpacho y hemos preferido este acompañamiento. Pero la ensalada que aconseja nuestro amigo Jamie Oliver es estupenda, ya lo veréis.

Id preparando lo primero la ensalada, que está más rica si la dejas marinando un rato en la nevera mientras se hace el pollo. Para eso, coged los pepinos y las zanahorias y los cortáis en láminas finas, lo mejor es usar el pela patatas. Comprad un pela patatas, para pelar patatas no hace mucha falta, la verdad, pero para hacer láminas con verduras y sacar lascas de parmesano es lo mejor.

Una vez que tengáis las láminas, mezcláis las dos cucharada de salsa de soja y la de vinagre de arroz con las verduras y metéis la ensalada en la nevera. Ahora, a por el pollo.

Cortáis el pollo en dados tamaño bocado y los espolvoreáis con una de las dos cucharadas de maizena. Luego, los freís en una sartén con aceite suficiente para freír, como un centímetro o por ahí. Mi vitrocerámica llega hasta el nueve y yo para esto la pongo primero al ocho y luego al siete, por si os sirve. Jamie Oliver dice “fuego medio”. He descubierto que fuego medio no quiere decir 4.5 sobre 9. A vosotros os parecerá esto normal, pero a mí me lía.

Mientras se va friendo, aprovechad para picar el ajo, el jengibre y las cebolletas. Cuando esté  el pollo dorado y bonito sacáis el pollo de la sartén y lo ponéis en un plato que tenga papel absorbente.  Además, quitáis todo el aceite de la sartén excepto un par de cucharadas más o menos.

En ese aceite se echan los ajos y el jengibre, que empezará a oler maravillosamente en un momento. Cuando huela a jengibre y el ajo esté doradito, echáis  las cebolletas y las dejáis hasta que se pongan transparentes. Mientras, mezcláis en un bol la otra cucharada de maizena, dos cucharadas de agua las dos cucharadas de salsa de soja, la miel y media cucharada de vinagre de arroz.

Cuando las cebolletas estén transparentes, echáis el pollo, mezcláis un poco y vertéis el contenido del bol. Removéis el pollo hasta que tenga consistencia algo pegajosa y ya está listo.

Servidlo en un plato llano, por favor. Y con palillos mola más. Ah, lo más complicado es acordarse de sacar la ensalada de la nevera para acompañarlo.

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Gelatina de moscatel con frambuesas.

Gelatina¿No es increíble? He estado a punto de comenzar este post disculpándome por haber tardado tanto en actualizar el blog. Incluso, fíjense, iba a continuar haciendo promesa de actualizar más a menudo, ser más constante… pero me he conseguido parar a tiempo. ¿Por qué tendría que ser constante al poner posts en el blog? Sin embargo, durante mucho tiempo he pensado que tenía una obligación con respecto a este blog, igual que con respecto a la mayoría de mis aficiones. ¿Por qué acabamos conviertiendo nuestras aficiones en obligaciones? Después de reflexionar un poco, he llegado a la conclusión de que lo hacemos por el carácter público de estas.

Me explico. El hecho de que veáis este blog conlleva la implicación de que esperéis que lo actualice, de que tengáis unas expectativas en mí y no sólo eso, sino que juzguéis mi carácter inconstante si veis que no lo actualizo lo suficiente. Eso vale para cualquier otra cosa. Si le dices a tus amigos, por poner un caso, que escribes poesía, te preguntarán por ello y tú, que eres un poco paranoico/a, pensarás que te están juzgando si les dices que llevas seis meses sin tocar un boli.

Pero no se preocupen, aquí estoy yo para iluminarles. No tienen obligación de hacer nada y me temo que la gente (sí, esas personas que ustedes creen que están obsesionados con su constancia) tiene mejores cosas que hacer que preocuparse de juzgarles a ustedes. Si su caso es más bien del tipo judeocristiano (“Dios mío, he pasado toda la tarde sin hacer nada útil y productivo, castígame”)  les aconsejo que se lo hagan mirar. Y si quieren recetas de cocina que no vengan aderezadas con adoctrinamiento, entonces se han equivocado de blog.

El caso es que yo venía aquí a poner una receta. Una receta estupenda y muy fácil de hacer. Además, queda muy bien para el final de una cena, tiene mucha clase a pesar de ser gelatina, que típicamente se asocia con los niños. Esta, desde luego, es mejor restringirla a adultos.

GELATINA DE MOSCATEL CON MORAS.

Ingredientes para 6 vasitos

– 250g de frambuesas (pueden ser moras, fresas, lo que se les ocurra)

– 5 hojas de gelatina (de esas neutras, que no saben a nada)

– 625 ml de vino moscatel (lo encontrarán en la sección de vinos dulces)

– 125ml de agua

– Un chorreón de zumo de lima o de limón.

– 100g de azúcar de vainilla (o normal, que tampoco pasaría nada, es sólo que el de vainilla le da un sabor más especial)

Proceso

Lo primero es repartir las frambuesas (o la fruta que hayan escogido) en vasitos como el de la foto, copas o algún recipiente similar no muy grande y que quede mono al ponerlo en la mesa. Después, se colocan las hojas de gelatina en un plato con agua fría durante cinco minutos. Mientras, se pone una olla a fuego medio – bajo que contenga el vino, el agua,  el azúcar y el chorreón de zumo. Hay que ir removiendo poco a poco para disolver el azúcar. Cuando llegue a ebullición el azúcar tiene que haberse disuelto, por eso es conveniente no poner el fuego muy alto. Cuando comience a hervir, se retira y se deja a un lado.

Cuando las hojas de gelatina ya se hayan remojado los cinco minutos correspondientes las escurrimos bien y las colocamos en una taza. Después, tomamos unos 100 ml de la cazuela con el vino y el azúcar y los echamos en esa taza para disolver bien la gelatina. Una vez disuelta, se junta con el resto y se remueve muy rápido para que se mezcle bien.

No lo echen inmediatamente en los vasos, podrían resquebrajarse, así que esperen un poco a que no esté tan caliente y luego lo van vertiendo poco a poco en los vasos. Después los meten todos en la nevera y al cabo de cuatro horas más o menos, estará hecha. Yo la dejé toda la noche.

Y ya pueden servirlos. Es un postre riquísimo y nada pesado, se lo digo yo que no soy muy aficionada  a los dulces. Cuando lo estén sirviendo, no olviden decir: “La Crème Brulée nunca podrá ser gelatina”. Si no entienden esta frase, vean “La Boda de Mi Mejor Amigo”, es una película fantástica.

 

Esta receta es de Nigella Lawson

Galletas de Jengibre (Gingerbread Cookies)

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Las galletas con especias son un dulce esencialmente invernal, como el vino con especias o el té de Navidad. Están hechas para tomar con té o leche calentita al calor mientras fuera hace frío. Podría decir que son ideales para compartir en familia en estas fiestas “tan señaladas”… pero por ahí no paso, lo siento. Creo que, de todas las cosas de la Navidad que me molestan, la que más me fastidia es la profusión de lugares comunes. Si ya nos pasamos el año escuchando cosas como “sigue a tu corazón” o “el universo conspirará para darte lo que deseas”, en Navidad esas frases falaces se multiplican al menos por cinco. Y ni siquiera es ya particularmente original que no te guste la Navidad, con lo que es muy difícil mantener el nivel gafapastero y glamouroso que una servidora se esfuerza por dar a su público.

Pero no, no me gusta mucho la Navidad como concepto. Me gusta que haya vacaciones y cenar cosas buenas con mis padres, pero la fiesta como tal, la idea navideña, tiene una pátina triste, no sé muy bien por qué. Aquí donde me ven, a pesar de esta chispa y este ingenio que me ha dado la providencia, soy una persona con una fuerte tendencia a la melancolía.

Tantas películas, tantos libros, tantos anuncios que te piden que seas feliz hacen que te sientas abrumado por las expectativas creadas, no porque tú esperes algo maravilloso, sino porque parece que algo maravilloso se espera de tí. Y ni siquiera sabes qué. Además, volver a tu ciudad durante una o dos semanas es siempre extraño. No es igual que en verano, el frío trae muchos recuerdos, no todos buenos. Dos o tres días paseando con frío en Granada y, zas, ahí está la melancolía dichosa. No falla.

Para compensar, está la gran ventaja navideña (cuyas siglas son, por supuesto GVN). La GVN es, sin duda, que pueden comer lo que quieran sin sentirse culpables. A partir del ocho de diciembre, ese momento en el que están colocando su belén hereje con buey y mula, todos caen víctimas del “ya total”. Una frase estupenda. Ya total, si viene la Navidad y ya luego en enero me pongo a dieta. Ya total, si ya me he comido diecisiete trozos de queso, uno más no se nota… por supuesto, necesitar el “ya total” para sentirse bien comiendo no es más que una reminiscencia cristiana y absurda que les hace ver el placer con ojos culpables pero, ya sé que no son ustedes perfectos, qué le vamos a hacer.

En fin, que ya he hablado demasiado y sé que están esperando una receta.

GALLETAS DE JENGIBRE

Ingredientes

– 425g de harina

– 1 cucharadita de bicarbonato

– Un poquito de sal

– 2 cucharaditas de jengibre molido

– 1 cucharadita de canela molida

– El rallado de una nuez moscada, como media cucharadita

– Media cucharadita de clavo molido

– 180g de azúcar moreno

– 170g de mantequilla sin sal

– 160g de miel

– 1 huevo grande

Proceso

Se juntan en un bol la harina, las especias, la sal y el bicarbonato y se reserva. En otro (que tiene que ser grande, porque al final albergará toda la masa), se mezclan la mantequilla, la miel y el azúcar. Aquí hay que trabajar un rato si no se tiene robot de cocina, porque la mantequilla y el azúcar parece que no se van a juntar nunca, aunque, al final, como los protagonistas de la telenovela, lo hacen. Si se empeñan en hacer todo esto sin ensuciarse la manos, se tarda mucho más.

Después, hay que verter el bol con la harina y las especias en el otro y mezclarlo todo. Saldrá una masa marrón con aspecto de galleta, que haremos una bola y meteremos en la nevera, envuelta en film transparente. Tiene que estar en la nevera al menos dos horas.

Cuando ya haya pasado el tiempo, se extiende la masa con un rodillo, de forma que tenga un grosor aproximado de medio centímetro o un poquito más. Para no ensuciar, lo mejor es usar papel vegetal para poner entre la mesa y la masa. Se precalienta el horno a 180ºC y se saca la bandeja del horno, que se forra también con papel vegetal. Mientras el horno se calienta, cortamos las galletas con un cortapastas. Hay de montones de formas y yo he puesto la foto con las galletas de estrellita porque son lo más navideño que tengo, me temo.

Se van colocando en la bandeja del horno, con algo de separación entre unas y otras, para que, cuando aumenten de tamaño, no se peguen unas a otras. El tiempo que deben de estar en el horno es de aproximadamente 10 minutos si son pequeñitas, como las mías, y un poco más si son grandes.

Cuando estén listas y las saquen, no se asusten si están blanditas, luego se endurecen cuando se enfrían. Lo suyo es enfriarlas sobre una rejilla. Y no se las coman calientes.

La receta es de una compañera de departamento. ¡Gracias, Maruja!

Salteado de pollo con fideos chinos.

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Cualquier friki que se precie tiene la obligación de estar encantado de la vida si le ponen delante cualquier cosa que lleve fideos y tenga un ligero sabor a salsa de soja. Es prescriptivo. Sin embargo, os diré una cosa: hasta los fideos pueden cansar. Tal vez sea que tengo un defecto en el cromosoma friki, pero hace tres años y medio, cuando estuvimos en Japón, comimos raamen cada día durante los primeros ocho días que pasamos en Tokio. Y lo aborrecí. Aborrecí tanto los fideos que no podía ni oírlos nombrar, no podía ni comer pasta italiana cuando volví del viaje. Sin embargo, mi media naranja guión pinche de cocina guión compañero de viajes sí que siguió comiendo fideos durante los veinte días que pasamos en Japón. Tiene un cromosoma friki mucho más desarrollado que el mío, para qué engañarme.

Afortunadamente, aunque eso de que el tiempo lo cura todo es una gran falacia, sí que cura los aborrecimientos culinarios y, unos meses después, volví a la pasta italiana a pesar de que me costó casi un año acercarme a los fideos orientales. Y fue a unos precocinados de esos que se hacen en su propio envase, tailandeses. Eran absolutamente repugnantes. De un grupo de cuatro, solo uno consiguió acabarse su tarro.

Todo estaba en contra de esta receta, como podéis ver. No sólo que había aborrecido los fideos, sino algo más importante todavía. No se asusten, pero voy a decir algo muy sorprendente en vista de que soy friki, cocinillas y gafapasta: no sé usar un wok. Así, como lo estáis leyendo. No consigo encontrarle las ventajas ni veo esa maravilla del calor que se distribuye y el vapor. Sólo veo comida apretujada en una olla gigante con el fondo diminuto que no se hace bien. Sé que esto, obviamente, es culpa mía.

Sin embargo, soy una mujer de recursos y tengo una sartén grande y honda (dicen que muy buena para freír patatas, aunque de ese tema ya hablaré en otro momento) muy resultona que me ha salvado de la ignominia de no entender el dichoso wok. Así que, afortunadamente para mi media naranaja guión gran aficionado a los fideos, esta receta pudo llevarse a buen término sin mayores complicaciones.

SALTEADO DE POLLO CON FIDEOS CHINOS.

Ingredientes (para 4 personas)

– 4 pechugas de pollo

– 200g de fideos chinos al huevo, de esos muy finitos.

– 1 cebolla mediana bien picada

– 1 pimiento verde mediano bien picado

– 1 diente de ajo picado

– 120 ml de vinagre de arroz (de ese que se usa para hacer sushi)

– Tres cucharadas de azúcar moreno.

– Una o dos guindillas (opcional)

– Un poco de harina de maíz (Maizena)

– 2 cucharadas de salsa de soja

– 1 cucharadita de gengibre molido.

– Un puñado de cilantro picado para esparcir por encima (también opcional)

Proceso

Se cogen las pechugas de pollo y se cortan a daditos, en trozos que sean del tamaño de un bocado. Mientras hacemos esto, ponemos agua a hervir para cocer los fideos, siguiendo exactamente las instrucciones del paquete (aunque seamos españoles, no nos hará daño leer por una vez unas instrucciones). Cuando ya tengamos el pollo cortado lo embadurnamos (muy levemente, nada de rebozarlo) en la maizena y lo apartamos a un lado. Los fideos, una vez escurridos, los dejamos también a un lado.

Cogemos entonces nuestra sartén honda (o wok, para aquellos afortunados que sepan manejarlo y puedan añadir esa pericia a su lista de cualidades glamourosas) y ponemos un poco de aceite a calentar a temperatura media. Sofreímos entonces la cebolla, el ajo y el pimiento hasta que estén blanditos. Echamos entonces la cucharada de gengibre y la guindilla y removemos un poco, durante menos de un minuto.

Después, añadimos el pollo y lo salteamos durante cinco minutos removiéndolo de vez en cuando. Cuando hayan pasado los cinco minutos añadimos los fideos y salteamos un minuto más. Ahora vienen el azúcar y el vinagre. Echamos las dos cosas y removemos durante tres minutos más o menos o hasta que se vea que la mezcla ha caramelizado un poco. En ese momento echamos la salsa de soja y terminamos de remover para que todo se mezcle bien. El cilantro se le echa por encima a cada plato cuando ya está servido.

Usad palillos para comerlo, es más divertido y no es nada incómodo si los trozos de pollo realmente tienen el tamaño adecuados. Cultivad vuestro cromosoma friki.

 

 

 

 

Magdalenas Light de Pera y Especias.

Septiembre es un mes que ha degenerado completamente. Ahora, es odioso, y eso es lamentable porque hubo una época en la que no era así. Cuando yo estudiaba en la Universidad o en el Instituto, septiembre era el mejor de los meses del año. Al menos para los empollones. Cuando llegaba, ya estábamos todos de vuelta tras el aburrido agosto, hacía menos calor y todavía quedaba por delante todo el mes  de vacaciones, porque ni el curso universitario ni el instituto empezaban hasta el 1 de Octubre. Antiguamente, en tiempos en los que no necesariamente era más feliz que ahora, este era mi mes favorito.

Desgraciadamente, el curso ahora suele empezar en torno al 15 de septiembre, eso sin contar con que, ahora que soy profesora, ya no me puedo librar de los exámenes de septiembre por ser empollona. ¿A qué viene todo esto? A que necesitamos algo dulce para animarnos el mes. Pero, ¿quién come dulces en septiembre, cuando todos andamos con los buenos propósitos de alimentación sana tras los excesos de las vacaciones? Por eso os propongo esta receta. Como veréis, los ingredientes son muy sanos, nada de mantequilla y de los huevos sólo se usan las claras. ¿Conocéis esas barritas de cereales sanas que se toman a media mañana para no picar cosas demasiado grasientas o calóricas? Pues estas magdalenas son el perfecto sustituto ahora que volvemos al trabajo.

Magdalenas Light de Pera y Especias.

Ingredientes (para unas 15 magdalenas)

– 2 cucharaditas de levadura de repostería

– 1 cucharadita de bicarbonato

– 1 cucharadita de jengibre molido

– 1 cucharadita de canela molida.

– Ralladura de una nuez moscada, más o menos lo equivalente a 1/4 de cucharadita.

– 145g de harina de espelta (un tipo de harina integral, yo la compré en Carrefour, así que imagino que no será difícil de encontrar)

– 150g de copos de avena.

– 200g de puré de pera (yo eché potito de pera y manzana, de esos para bebés)

– 4 claras de huevo, ligeramente batidas.

– 1 yogur natural

– 240g de miel

– 2 peras conferencia (peras que sean firmes, no de esas que se deshacen)

Proceso

En un bol grande se mezclan todos los ingredientes secos, esto es,  la harina, los copos de avena, las especias, el bicarbonato y la levadura. Después, se añaden el yogur, los huevos, el puré de pera y la miel. Cuando todos estos ingredienes están mezclados, se corta la pera en daditos de aproximadamente 1cm de arista (los dados tienen aristas y no lados, porque son poliedros) y se mezcla con el resto de los ingredientes.

Una vez hecho esto, se precalienta el horno a 190ºC. Mientras se va calentando, se cogen moldes para magdalena de esos de silicona (no sé qué vida esperan llevar los que no tienen moldes de magdalenas de silicona, y más ahora que los venden hasta en las tiendas de chinos) y se engrasan con aceite de girasol. Una vez engrasados, se van rellenando con la masa, aproximadamente a unos 2/3 de su capacidad total. Después, se meten en el horno, en el centro, durante 25 o 30 minutos, hasta que esté de color marroncito agradable. Yo los horneé durante 27, por ejemplo. Es posible que se tenga que hacer más de una tanda.

Finalmente, se sacan cuando estén listos y se desmoldan. Esperad a que estén frías para probarlas, ¿eh? Feliz Septiembre.

Receta sacada (no del todo fielmente) de Miss Dahl´s Voluptuous Delight (Sophie Dahl)

Curry de Langostinos.

¿He nombrado ya por aquí a Sophie Dahl? Estoy segura de que sí. Esta muchacha tan agradable ha escrito dos libros de cocina y el primero, Miss Dahl’s Voluptuous Delights, es uno de mis libros de cabecera. Sus recetas son bastante sencillas pero originales, las fotos y la maquetación son de ensueño y el libro está plagado de historietillas absolutamente superficiales pero encantadoras. Lo que más gracia me hace del libro, sin embargo, es que está totalmente impregnado de ese concepto anglosajón de comida saludable. Para un mediterráneo, una receta de pescado con nata no es sana, puesto que lleva nata, a lo que un anglosajón respondería indignado: ¡pero si lleva pescado! Es entrañable.

La mayoría de estas recetas son saludables para el anglosajón medio, pero no tanto para los mediterráneos. Aún así, no suponen el atentado contra la salud de la mayoría de las recetas americanas. Algún día pondré aquí un pastel de arándanos que destruirá vuestras arterias sólo con leer la receta.

¿Os suena el apellido Dahl? Ya suponía yo que sí. De Roal Dahl, el autor de los mejores libros infantiles que hemos leído, como James y el Melocotón Gigante o Las Brujas. Yo me recuerdo leyendo Las Brujas en la Casería, en Jaén, absolutamente subyugada y paralizada por el terror. Me pasé semanas intentando ver en cualquier mujer adulta alguno de los tres signos que identificaban una bruja. Siempre he pensado que los niños necesitan pasar miedo cuando son pequeños. Muchas veces, de adulta, he releído James y el Melocotón Gigante y me he recreado en la crueldad absoluta que la vida demuestra con James desde el principio y en la venganza terrible que desciende sobre sus tías malvadas. Es un libro que merece la pena leer. Si tenéis hijos, dádselo.

Evidentemente, toda esta disgresión sobre Roal Dahl viene a cuento, todavía no he llegado al punto de irme por las ramas porque sí, aunque ya llegará, no lo duden. Sí, esta chica es la nieta de Roal Dahl.

CURRY DE LANGOSTINOS.

Ingredientes para 4 personas

– 1 cebolla

– 1 diente de ajo grande o 2 pequeños.

– 1 pimiento verde.

– 500g de langostinos crudos.

– 1 lata de leche de coco.

– 2 cucharaditas de curry.

– 1 lima.

– Cilantro.

Proceso.

Primero se pelan los langostinos de forma que las colas queden intactas. Se quita la cabeza y la piel pero se deja el último trocito, el correspondiente a la cola. Se reservan a un lado.

Se pica finamente la cebolla y se pone a rehogar en una sartén junto con el ajo. Cuando esté blandita se añade el pimiento, cortado en rodajas y las dos cucharaditas de curry. Se remueve bien para que el curry suelte todo el aroma. Después de unos dos minutos, se añaden los langostinos y se cubre todo con la leche de coco. Se deja cocer durante unos 10 minutos a fuego medio. Al final, se exprime la lima encima de todo y se remueve. Ya está listo.

Para servirlo, se coloca en cuencos y se pica el cilantro por encima de cada cuenco. Lo mejor es acompañarlo de arroz. Como bonus, os voy a explicar el arroz que yo suelo ponerle a los platos de curry.

Sigo las instrucciones del paquete y cuezo arroz basmati. Cuando está listo, lo salteo ligeramente en una sartén con aceite y ajo. Al final, justo antes de darle las últimas vueltas en la sartén, le pongo un poco de nuez moscada y otro poco de canela. Es delicioso.

La manera bonita de servir este plato es en cuencos individuales. El arroz se puede servir en una fuente común y cada persona irá  añadiendo arroz a su cuenco conforme lo vaya necesitando. Es un plato delicioso y muy sencillo, ideal para una cena de domingo.

Empanada de pollo y puerros. (Chicken and leek Pie)

Se estarán preguntando por qué el título aparece también en inglés. ¿No se lo estaban preguntando? Pues háganlo, hay que ser curiosos e inquisitivos. Pues no, no es sólo porque es una receta inglesa… es porque “Pie” no es exactamente empanada. Los “Pies” ingleses son cremosos y hay infinidad de variedades y se parecen más a una especie de pastel salado que a una empanada. También hay “Pies” dulces, y espero compartir con ustedes alguna uno de estos días.

Hay una campaña internacional en contra de la comida inglesa. Admítamoslo, lo que odia la gente no es la comida inglesa, sino el mísero sandwich de pepino que las madres inglesas de su intercambio llamaban almuerzo. Y eso es porque en los noventa no había cultura de cocina en los hogares ingleses. En los restaurantes y en los pubs la comida es estupenda, pero las madres inglesas siempre han cocinado fatal. A nosotros, niños procedentes de un país católico en el que las madres eran sacrificadas cocineras, nos parecía espantoso ver aquellos sandwiches, aquellos rábanos rallados y la fanta de naranja eternamente sobre la mesa. Incluso nosotros, que éramos adolescentes, estábamos seguros de que aquello no podía ser sano.

Pero no culpen de todo esto a la cocina inglesa. Hay recetas magníficas de asados, de “pies”, de dulces de todas clases, y también el famoso “Fish and Chips”. Si van al Reino Unido, por favor, déjense de cadenas de comida rápida, pizzerías y restaurantes indios (bueno, vayan a algún indio, que son muy buenos) y entren en un buen pub a pedir comida local. No se arrepentirán.

La receta que ocupa este post(un poco modificada) está sacada de un libro de Angela Boggiano que se titula “Pie”. Sí, eso es. Sólo tiene recetas de “pies”, y es fantástico. Recuerdo que lo compré en la librería Waterstones, en Picadilly Circus y que una señora muy amable, a la que llamo desde entonces “my pie advisor”, me ayudó a encontrarlo entre montones de libros de cocina. Según ella, este libro era  el mejor porque “las recetas no eran nada pijas”. Una señora inglesa como Dios manda.

PIE DE POLLO Y PUERROS.

Ingredientes para 4 personas.

– Hojaldre precocinado, dos hojas grandes.

– 4 moldes de aluminio desechables, de 0.5 litros (los venden en el supermercado junto al papel de alumnio)

– 1.5kg de pollo, cortado en trozos.

– 1 zanahoria, troceada.

– 1 apio, también troceado.

– 2 cebollas, bien picadas.

– 2 puerros, bien picados.

– Un poco de mantequilla

-150 ml de vino blanco

-150 ml de nata.

– Aceite, sal y esas cosas que se usan en todas las recetas y que no debería hacer falta que escribiera aquí.

Elaboración.

Cogemos una cacerola grande y  colocamos dentro todo el pollo, la zanahoria cortada, el apio y la  mitad de la cebolla. Cuando esté todo en la cacerola, echamos agua hasta que está cubierto, y la ponemos a calentar a fuego fuerte. Cuando comience a hervir bajamos un poco el fuego y lo dejamos cociendo durante 45 minutos. Sí, 45 minutos. Es la típica receta que dejas en la cocinas mientras tú lees un rato o ves un capítulo de tu serie favorita.

Cuando hayan pasado los 45 minutos y esté el pollo ya hecho, se cuela el contenido de la cacerola y todo lo sólido se aparta para usar en la empanada. El líquido es un caldo bastante rico que usaremos después. Y sí, hay que dejar enfriar el pollo un buen rato, el suficiente como para poder tocarlo sin quemarse. Así que os sentáis y leéis otro ratito (no aprovechéis para hacer otras tareas domésticas, que es muy triste).

Después, cuando ya esté frío, separáis la carne de los huesos, tarea que será muy fácil gracias a que el pollo estará muy blandito. Calentáis aceite con un poco de mantequilla una sartén grande (tiene que caber en ella todo el relleno para los pies)  para rehogar los puerros y lo que queda de la cebolla. No pongáis la sartén muy fuerte, porque se quemarán. Simplemente, rehogar suavemente durante unos 5 minutos, hasta que estén suaves y doraditos. Una vez que hayan pasado los cinco minutos, se echa el vino y se sube el fuego. Esperamos hasta que el líquido se reduzca a la mitad (unos 3 o 4 minutos) y echamos entonces 100ml del caldo que teníamos reservado, la nata, y el pollo con sus amiguitos sólidos (la zanahoria cocida, el apio y la cebolla). Se mezcla bien todo, se rectifica de sal y se corta el fuego. Ese es el relleno.

Se precalienta el horno a 180ºC y mientras vamos preparando los moldes. Cada molde tiene que tener, al final, media hoja de hojaldre. De esta media hoja separamos más o menos una tercera parte y con el resto forramos el molde. Cuando esté forrado, metemos dentro el relleno, como aparece en la foto. Obviamente, cada molde tendrá que tener dentro la cuarta parte del relleno.

Después, utilizamos el trozo que falta para taparlo, de manera que quede con el aspecto de la foto de abajo. Antes de meterlo en el horno, pintamos la masa con un poquito de leche. Hay quién tiene un pincel de silicona al efecto, pero yo le doy con un poco de algodón. Se trata sólo de hidratar el hojaldre un poquito, nada más.

Así es como debe quedar, con el relleno dentro, antes de meterla en el horno. Una vez que esté precalentado, horneamos las pies durante unos 40 minutos, hasta que estén doraditas y crujientes.

Para servirlas, recomiendo patatas fritas o ensalada verde, según cómo de sano se sienta el comensal ese día. Y cerveza, por favor.